17 de octubre de 2009. Parece que los piratas somalíes van a liberar al pesquero vasco ‘Alakrana’, secuestrado hace ya 47 días. España entera amanece con la noticia y la enorme repercusión mediática de la que ha dispuesto el cautiverio hace que todo el país siga voraz estas últimas y apasionantes horas. Como tantas otras cosas, el secuestro se ha convertido en un rentable show que los medios de comunicación no van a desaprovechar. Expectación, nervios, curiosidad. Rueda de prensa de Zapatero convocada para la una y media del mediodía. Tal vez a las dos. Allá me voy, con el fotógrafo, ambos en moto rumbo al Ministerio de la Presidencia, en La Moncloa.
Todo apunta a que Zapatero confirmará la noticia. El atunero ya es libre, dicen algunos medios. La expectación crece. Entro en la sala de prensa. Está bastante llena de periodistas y, sobre todo, de fotoperiodistas. La llegada del presidente que deberá comunicar la buena nueva es inminente. Durante la espera, cinco operarios se afanan en preparar las banderas que siempre lucen detrás del presidente cuando éste da una rueda de prensa en La Moncloa. De pie, atadas a unos mástiles, siempre están la de España y la de la Unión Europea y, en esta ocasión, lucirá también la de Hungría, ya que está de visita el presidente húngaro.
Los cinco hombres, de aspecto rudo, manos fuertes, curtidos en trabajos de apaño, inclinan cada mástil, atan la bandera y vuelven a erguirla. Uno de ellos coloca un plástico rígido en el interior de la tela para que la bandera no caiga con todo su peso y una doblez se mantenga firme y luzca, aunque sea parcialmente, el trapo. Uno la ata con esmero, otro controla que esté bien amarrada. Otro coloca el plástico. Una y y mil veces. Lo sitúa, coloca la tela, comprueba que luzca correcta, la alisa, la vuelve a contemplar. Y cuando cree que ha alcanzado la perfección, llega otro y la revisa de nuevo. Las banderas han de lucir perfectas, simétricas y en armonía. Bien colocadas. Que se distingan de dónde son pero que tampoco se vea el artificio de su sujeción.
Nadie observa a los operarios en su afán por las banderas. En realidad yo sí. Les contemplo entusiasmado. Debería estar más atento a lo mismo que atienden mis colegas. ¿Está confirmado? ¿Lo han liberado? ¿Cuándo llegan los marineros? ¿Hay uno enfermo? ¿Es grave? ¿Los llevan a Seychelles?... Entre los periodistas fluyen hirviendo las preguntas que se convierten en respuestas en los telediarios y en las radios, que conectan en directo. “Nos vamos de nuevo en directo a La Moncloa…” escuchan los millones de españoles que necesitan saber si los marineros ya son libres. Dudas, nervios…
Pero nadie repara en los cinco tipos que colocan las banderas del mismo modo que ellos cinco parecen ignorar la magnitud de lo que está a punto de ocurrir. Van a liberar a 36 personas cuya vida peligraba. Pero lo importante ahora es que esa bandera no salga arrugada ante la cámara. Para ello dan unos pasos atrás, cogen perspectiva y la de la Unión Europea de la izquierda de todo no parece convencerles, así que la colocan de nuevo. “Está confirmado. Los llevan a Seychelles”. Pero el plástico rígido no parece terminar de encajar en la de la Unión Europea. “Están todos bien. No hay heridos”. Sin embargo, las de Hungría han quedado niqueladas. No hay ni que tocarlas.
“¡Llega el presidente!”, grita alguien encantado de hacerlo. Qué expectación. ¿Confirmará Zapatero que el ‘Alakrana’ navega libre?, piensa el país entero. ¿Saldrán bien las banderas? Pensamos los cinco operarios y yo.
Llega por fin Zapatero con el presidente de Hungría. Las teles conectan en directo, las radios también, las webs lo siguen la minuto. Zapatero confirma la buena noticia de que el pesquero ha sido liberado y ofrece algunos datos mientras miles de personas se pegan a las televisiones para escucharle hablar y verle gesticular. Al día siguiente las imágenes se repiten mil y una veces en los telediarios. Millones de personas ven la trascendental rueda de prensa de Zapatero una y otra vez, en cada edición de los telediarios y en cada portada de los periódicos. Todos opinan, todos debaten y todos contemplan al presidente. Todos menos cinco operarios que, ajenos a todo eso, observan una y otra vez, en cada telediario y en cada fotografía, cómo las banderas de detrás del presidente lucen perfectas, bien alineadas y sin una sola arruga. Y sonríen.
lunes 23 de noviembre de 2009
Banderas de nuestros padres
miércoles 11 de noviembre de 2009
Drogas. Capítulo III. La cocaína.
La cocaína es la segunda droga ilegal más consumida en España, sólo por detrás del cannabis. Un 8% del total de la población la ha probado y un 3,1% lo ha hecho en el último año. Un reciente informe revela que España es el país líder de la UE en el consumo de esta sustancia y Sanidad admite que el número de consumidores es elevado. No existe una explicación que satisfaga al cien por cien el porqué de estos datos, aunque sí se pueden ofrecer algunas pistas.
La cocaína es, a día de hoy, una droga bien vista socialmente. O al menos, no demasiado mal vista en muchos círculos. Esta sustancia se asocia en muchos segmentos sociales al éxito, al triunfo. Se ha producido una evolución desde la marginalidad de la heroína en los años 80, al ‘glamour’ de la cocaína en la actualidad. Ante esto, el porqué de la adicción a cada una de estas dos sustancias y la lucha contra ellas es radicalmente distinta. Sin embargo, el Plan Antidroga del Estado sigue trazando las mismas líneas, basando la lucha contra la adicción a la cocaína en lo diseñado contra la heroína hace 30 años. Resultado: el antes expuesto, líderes en meternos cosas por la nariz.
En realidad la cocaína no es más que un reflejo de la sociedad en la que nos movemos. Una sociedad de prisas, donde todos estamos compitiendo. El sistema ha terminado por crear una carrera de obstáculos en la que lo importante es llegar a la meta. Desfases como los valores o la dignidad suponen un lastre en esta competición, ya que restan velocidad y no permiten empujar al de al lado. La misma publicidad nos invita a asociar el poseer más con el ser más. El aquí y ahora, el no pensárselo, el arriesgar, encaja perfectamente con la cocaína. La coca ayuda a proseguir esa carrera ya que es una sustancia cuyos efectos a corto plazo son la ausencia de fatiga y hambre y la exaltación. Es el impulso que necesitamos para que no nos engulla la competitividad. La coca está encajada en el modelo social que existe actualmente, y por ello es tan difícil de combatir. En España esto está acentuado (a los datos de líderes de consumo me remito una vez más) no porque sea un a sociedad especialmente competitiva, sino por tratarse de un país que llegó a machas forzadas a la primera línea de parrilla, llevándose por delante todo o casi todo. En un país de nuevos ricos donde el recordar lo que éramos ayer no es posible o no interesa, la cocaína campa a sus anchas. Es el símbolo del éxito, del triunfo.
No se trata de cambiar el sistema entero o el modelo social. Tal empresa se escapa del ámbito de la lucha contra las adicciones. Pero una cuestión de salud pública como esta, que afecta a miles de personas y, sobre todo, a miles de adolescentes, sí debería dar qué pensar. La educación sigue sin entrar en el top 10 de las preocupaciones de los españoles y ni políticos, ni agentes sociales ni demás instituciones terminan por comprometerse a realizar un pacto por la educación que determine puntos concretos con plazos concretos para intentar cambiar una sociedad tan mal educada como la que vivimos. No estaría de más, por ejemplo, intentar que los niños crecieran sin pensar que el éxito social debe ser el objetivo de su vida. Que crecieran sin la necesidad de tener más para ser más reconocidos o sin la obligación de competir sin piedad por lograr sus metas. Cambiar, aunque fuera en alguna medida, estos valores en los que crece el relevo generacional, sería una buena zancadilla a sustancias como la cocaína.
El otro problema que afecta al consumo problemático de cocaína es, como el de tantas sustancias, el desconocimiento. La cocaína es, en resumidas cuentas, ese polvo blanco que entra por la nariz y que permite seguir adelante. Poco más es lo que sabe un enorme porcentaje de los jóvenes y no tan jóvenes que la consumen. No estaría de más que supieran qué es y de dónde viene.
La cocaína es clorhidrato de cocaína. Se trata de una sal hidrosoluble que se obtiene de la hoja de coca tras un proceso químico en el que se emplean, entre otras sustancias, éter, ácido sulfúrico o gasolina. Las plantaciones de hoja de coca se encuentran, en su mayoría, en América Latina y la economía de algunos países como Colombia debe mucho a la exportación de esta planta, que es procesada por los cárteles y exportada a Occidente para consumo de los frenéticos ciudadanos del primer mundo. La sustancia se aisló por primera vez en el siglo XIX y se utilizaba para evitar dolor a los pacientes. Las gotas de cocaína para los dolores dentales (1885) eran populares para administrar a los pequeños. No sólo acababan con el dolor, sino que también mejoraban el humor de los usuarios.
Una vez extraída de la hoja de coca, la cocaína llega a nosotros adulterada tras el proceso químico y su pureza oscila entre el 5% y el 50%. Se presenta como un polvo blanco cristalino y las dosis sueles estar distribuidas en pequeñas bolsas de plástico conocidas como papelinas. Se consume, casi siempre, esnifada, aunque también se puede inyectar y hasta comer. Si la cocaína está sin cortar (coca base), se conoce como crack, y su consumo no es esnifado, si no inhalando sus vapores. Esta presentación es muy habitual en Estados Unidos, pero poco frecuente en España. Los efectos a corto plazo de la cocaína (que recibe infinidad de nombres según la zona pero entre los que destacan farlopa, perico, faria, nieve, blanca….) son la sensación de euforia y la seguridad en uno mismo. Además, se logra la ausencia de fatiga y de hambre y se consigue una mayor resistencia física a base de una sensación de exaltación. Cuando termina este efecto a corto plazo sus efectos son de apatía o irritabilidad. ¿Por qué se producen estos efectos? Se trata de un complejo proceso químico en nuestro cerebro que se puede resumir en que la cocaína bloquea una enzima que se encarga de atacar a la dopamina. La dopamina es la sustancia que nuestro cerebro libera para producirnos bienestar cuando cumplimos alguna necesidad básica, como comer o tener relaciones sexuales. De esta manera, nuestro cerebro nos premia y nos hace entender que eso que hacemos es necesario y bueno para nosotros. Sin embargo, al bloquearse la enzima que regula la liberación de dopamina, la cocaína permite una excesiva sensación de bienestar y euforia no justificada que nos producirá una necesidad de volver a consumirla.
Es por ello que estos efectos conllevan unos riesgos, ya que estamos alterando el libre y normal funcionamiento de nuestro cerebro. El consumo problemático de cocaína hará que perdamos capacidad de concentración y disminución de memoria. También puede producirnos irritabilidad, alteración del sueño y cefaleas. En un consumo muy prolongado puede aparecer la conocida como psicosis cocaínica, que consiste en ideas paranoides. En el plano físico los riesgos son hemorragias nasales, problemas respiratorios, alteraciones cardiovasculares con aumento de riesgo de infarto de miocardio, trastornos nutricionales y apatía sexual.
Uno de los mayores problemas que entraña el consumo de cocaína es el enorme poder de adicción que tiene la sustancia. Es uno de los psicoactivos con mayor poder de adicción y también crea tolerancia, por lo que la dosis para conseguir el mismo efecto debe ser cada vez mayor. Su síndrome de abstinencia no es tan duro como otras sustancias, pero tiene un peligro añadido: el llamado ‘tirón’, que consiste en que una repentina necesidad de consumir en personas rehabilitadas desde hace meses. El promedio estima que los adictos a esta sustancia piden ayuda al sexto año. Un 1,6% de la población total ha llegado a este extremo en el último mes. Y sigue subiendo…
martes 20 de octubre de 2009
Drogas. Capítulo II. Las herramientas para prevenir el consumo deben cambiar
En el capítulo anterior hablaba de la importancia de la prevención del consumo de drogas mediante el diálogo entre padres e hijos y mediante la información directa y sin mentiras sobre las sustancias. Dos herramientas que ayudarán a los adolescentes a conocer las drogas y a preguntar sobre ellas, dos claves para prevenir un consumo problemático. Pero por encima de los padres y de los profesores existe una responsabilidad de las instituciones, administraciones y Estado para prevenir lo que supone un problema grave de salud pública entre muchos jóvenes. Estas organizaciones deben también luchar contra las adicciones y las herramientas que muchas de ellas están utilizando son obsoletas y no responden a la realidad actual de este fenómeno. Es difícil para padres y centros educativos educar en la prevención si el Gobierno o las instituciones no están al día en los métodos de lucha contra la adicción a las drogas.
El actual modelo para combatir el consumo problemático recogido en el Plan Nacional es, nada menos, que de 1985. Este plan está basado en una droga marginal como es la heroína. En esa década, esta sustancia irrumpió en una España deprimida e hizo mucho daño a una juventud desubicada y, en muchos casos, desesperanzada. La estrategia entonces fue sacar a los jóvenes de la marginalidad para integrarlos. Sin embargo el contexto de hoy ha cambiado completamente, ya que la heroína es residual y las principales sustancias que se consumen (cannabis, éxtasis, cocaína) están asociadas al ocio, es decir, a la integración misma de muchos jóvenes. Esto explica en gran parte que el fenómeno social de las drogas en España sólo pueda compararse en Europa a Irlanda, dos países que en pocas décadas han pasado a tener un elevado grado de bienestar. Sociedades de nuevos ricos que tienden al exceso, basado en un modelo donde se enfatiza sobre todo el bienestar personal. Si en los años 80 consumir drogas era motivo de exclusión social, hoy, entre muchos jóvenes, es un factor de integración. Es decir, tenemos un Plan Nacional opuesto al que necesitamos.
Para la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) “es una batalla perdida si se siguen usando las mismas armas”. Esta Fundación propone un modelo basado en objetivos más asumibles y aceptando que las drogas no van a dejar de existir. Así, las líneas de actuación, en lugar de apostar a la carta única (y utópica) de la abstinencia, deben dirigirse hacia otros frentes. Uno de ellos es la minimización de riesgos, es decir, que quien consuma sufra el menor daño posible o que al menos no muera. Un ejemplo de la minimización de riesgos lo encontramos en la ONG Energy Control. Esta asociación instala ‘stands’ en las puertas de las principales discotecas de España para analizar la composición de las pastillas que los jóvenes les acercan. No entran en juicios ni en valoraciones: simplemente, el joven que quiera tomarse una pastilla de éxtasis la acerca a la instalación, se la analizan, y le dicen si está adulterada o no. Así, el joven minimiza los riesgos de su consumo de una manera importantísima. Energy Control, además, advierte en sus ‘stands’ y en su web sobre las pastillas que ahora mismo en la calle están adulteradas y deben evitarse, sobre el tipo de éxtasis que circula a día de hoy y realiza recomendaciones a quien decida consumir. Este enfoque representa una herramienta realista y actual de prevención: se asume que, por un motivo u otro, siempre habrá quien decida probar una sustancia y se intenta que este colectivo sufra el menor daño posible al hacerlo. Otro frente de actuación realista es perseguir la reducción del número de consumidores. Una vez más entra en juego la aceptación de que la abstinencia entre la totalidad de la juventud es una esperanza absurda. El objetivo debe ser intentar que el número de personas que decida consumir sea el menor posible y que quienes lo hagan sea por voluntad racional. La otra línea de prevención es retrasar las edades de inicio de consumo. La droga hace mucho más daño a los adolescentes que a los adultos. O al menos más rápido. Estas son tres líneas por las que apostar que podrían reducir el número de consumidores adictos y el daño que puedan sufrir. Ocultar, mentir, alarmar, exagerar o buscar la abstinencia de todos los jóvenes, no ha funcionado.
Otra carencia actual en el tratamiento de la prevención es no distinguir los tipos de consumo. De nuevo parece que todo lo que no sea decir un no rotundo y sin matices a la droga es incitar a su consumo. Sin embargo, es importante incidir en que, sin obviar el problema que puede conllevar cualquier consumo, se ha de distinguir entre uno de tipo esporádico no conflictivo y el tener problemas de dependencia. Desde la FAD explican que el afán de tratar de manera idéntica los usos de todas las sustancias es otra manera de generalización ineficaz, que no se justifica por el hecho de que sean los expertos quienes frecuentemente lo preconicen. No se puede olvidar que, más allá de la definición farmacológica, las realidades están muy marcadas por esa percepción social que cataloga de forma diferente, hasta el punto de construir realidades muy diferenciadas.
Las leyes y los indicadores de control también deben cambiar. Los indicadores para medir el número de consumidores que hay en España se basan en la mortalidad y los ingresos hospitalarios. Sin embargo, son muchos los dependientes que no acuden al médico y muchos más los que no mueren. Sería conveniente recoger otros factores como problemas de escolarización o agresiones. En cuanto a la legislación, la FAD es partidaria de revisar algunas leyes que se han revelado como ineficaces, como las que prohíben el consumo de alcohol a menores de 18 años (cuando el 94% de ellos ya lo ha probado al llegar a esa edad) o las sanciones administrativas por fumar cannabis en público.
En resumen, parece que los problemas de adicción han desaparecido de la agenda política y sin embargo el número de dependientes crece o se mantiene, pero no baja. Se antoja necesaria una revisión profunda de los mecanismos de prevención y educación y una mayor colaboración entre la sociedad y la administración.
viernes 16 de octubre de 2009
Una nueva entrega de la tira cómica de Adri Ferreiro y Nacho Carretero:
Y un nuevo relato de Nacho Carretero ilustradro por Adri Ferreiro:
Espero que disfrutéis ambas cosas.
Aquí tenéis todas las tiras cómicas.
lunes 5 de octubre de 2009
Drogas. Capítulo I. Por qué es tan importante hablar de ellas.
Se escucha mucho en los últimos años que esta generación de adolescentes y jóvenes es la más informada sobre las drogas y, por lo tanto, la que mejor debería saber prevenir su consumo problemático. Sin embargo, los datos que cada año muestra la Encuesta Nacional sobre Drogas no dicen nada de un descenso en el consumo. En algunos casos este consumo en ciertas sustancias se mantiene, pero en la mayoría crece. Y crece desde hace bastantes años.
Y es que esta creencia de que los adolescentes actuales están muy bien informados es falsa. Sí, es cierto, son la generación con más información, pero no están bien, o al menos suficientemente bien preparados para afrontar este enorme problema. Los adolescentes han oído hablar cien veces del ‘MDMA’, ¿pero cuántos chicos saben que se trata de un derivado sintético de la anfetamina también conocido como éxtasis? También hablan de ‘speed’, cocaína, cannabis, ácido… pero, ¿qué son exactamente? ¿Qué me producen? ¿Qué riesgos tienen? En realidad, la mayoría de jóvenes no tiene ni idea. Incluidos aquellos que las consumen o las han consumido. No saben qué es lo que están tomando con exactitud y por qué les causa esos efectos.
¿Por qué deben conocer todo esto? Los mayores expertos en prevención de España asumieron hace años que se acabó el ‘No’ a las drogas. Se ha aceptado que las drogas existen, que no van a dejar de existir y que están entre nosotros. Especialmente están entre los jóvenes. No se trata de luchar contra las drogas en el sentido de intentar acabar con ellas, ya que esto es imposible, sino de enseñar a los jóvenes a convivir con ellas para que no se conviertan en un problema cuando se encuentren con ellas (ya que se van a encontrar sí o sí). Para ello se antoja fundamental establecer una base de conocimiento profundo sobre qué son estas sustancias, qué efectos tienen en nuestro organismo y cuáles son los riesgos a los que nos enfrentamos si las tomamos. Esta información y este conocimiento son herramientas fundamentales para la prevención. Cuando la droga aparezca en su vida sabrán a qué atenerse y no basarán su información en lo que les cuente quien se la ofrece.
Pero la realidad es que las drogas siguen teniendo un componente tabú muy grande y eso repercute en el consumo abusivo. En la escuela se sigue pasando de puntillas sobre el asunto y en el seno de las familias las alarmas saltan enseguida. Es como si hablar de drogas incitara a su consumo. Desde la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) explican que la mayoría de padres se siguen alarmando cuando su hijo de 12 ó 13 años les pregunta sobre drogas. En lugar de hablar, los padres suelen investigar con alarma el porqué de esas preguntas, lo que empuja al adolescente a evitar el tema si vuelve a tener dudas. Las drogas, según estos expertos, deben ponerse sobre la mesa y especialmente los adolescentes, deben saber qué son y qué provocan. Este conocimiento debe huir de tabúes, alarmismos, exageraciones y un largo etcétera que el tema de las drogas lleva arrastrando consigo desde hace años. Exagerar y alarmar provoca pérdida de credibilidad para quien recibe el mensaje. Si a los adolescentes les decimos que un porro es igual de malo que una raya de cocaína, no nos tendrán en cuenta para asesorarse porque, directamente, nos guste o no, les hemos mentido. Y decirles que un porro no es igual de peligroso que una raya no es animarles al consumo de porros.
Los últimos avances en prevención explican que se debe educar en la comunicación desde bebés para que nuestros hijos se abran a hablar del asunto en la adolescencia. La prevención comienza mucho antes de que los niños sepan qué son las drogas, trabajando la proximidad y la confianza para que cuando aparezca el problema se aborde sin barreras. En realidad estas premisas de cercanía al hijo previenen muchos más problemas además del de la adicción a las drogas. Esperar a la adolescencia para trabajar la prevención es darle mucha ventaja a la droga. Cuando llega esta edad, cuando los chicos comienzan a escuchar hablar de drogas, entonces parece necesario informarles de qué son y qué riesgos tienen, ya con la confianza en el diálogo ganada muchos años atrás. Y responder a todas sus dudas e inquietudes. El alarmismo, la exageración y la mentira sólo harán que no quieran hablar de ello y que, por lo tanto, no se estén informando adecuadamente y no cuenten con los padres como un recurso de ayuda, sino como un enemigo al que ocultarle el problema.
La información sobre drogas no debe ser dirigida sólo a los jóvenes. También los padres deben aprender. Por ejemplo, es muy importante diferenciar entre consumo experimental y consumo problemático, para otorgar la importancia adecuada a cada caso y que la reacción no se vuelva represión innecesaria o exagerada. No es lo mismo que un chico decida probar racionalmente la cocaína, que que sus problemas personales le arrastren a probar la cocaína. Lo más probable (no siempre) es que la primera se quede en eso, en probarla, y la segunda derive en consumo abusivo. También es necesario conocer qué circunstancias empujan a cada consumo. No es igual, una vez más, que un chico se enganche al éxtasis que a la heroína, porque en casa caso responde a una casuística diferente. El éxtasis se asocia al ocio y la heroína a la adaptabilidad social. Es importante saber calibrar cada consumo según las circunstancias y el contexto para poder enfocar la lucha contra la posible adicción adecuadamente.
Por ello aporto mi granito de arena y tras colaborar con la FAD estos últimos meses en una campaña de prevención, me dispongo a resumir en algunos capítulos qué es cada sustancia, qué provoca y –muy importante- a qué responde el consumo de cada una de ellas. Una pequeña y modesta guía de drogas basada en horas de entrevistas, consultas y lecturas para condensar y resumir un conocimiento que ayude a prevenir su consumo. No soy ningún experto, sólo un portavoz de lo que he oído, leído y me han explicado. Que quede constancia.
domingo 27 de septiembre de 2009
De paseo por Chipre. Parte II.
Sí, hay contraste al atravesar la Línea Verde. Nada más poner un pie en la República Turca del Norte de Chipre tras dejar atrás la República de Chipre, te das cuenta de que estás en otro país. O al menos en otra cultura. Lo cual, como defienden la mayoría de grecochipriotas, no significa nada ya que ambas culturas convivieron muchos años bajo un mismo Estado, y aspiran a volver a hacerlo. Sea como sea estamos en otro sitio. Hemos atravesado la frontera chipriota que divide norte y sur por uno de los dos pasos que existen en Nicosia, la capital. Nos acaban de sellar el visado para acceder a la República Turca de Chipre y ya estamos en ella, aunque apenas hemos caminado unos pasos desde la República de Chipre, que aún podemos ver al otro lado del puesto de control.
El cambio más evidente en este nuevo lugar resulta el trueque de banderas. Las griegas han dejado paso a las turcas y las chipriotas a las de la República Turca del Norte de Chipre, que es igual que la turca pero con los colores invertidos. También varía el número. Si en el sur había muchas, aquí hay muchísimas. Y siempre por parejas. En cada rincón, plaza, edificio importante, gasolinera… siempre acabas por toparte con la pareja de banderas: la turca y la turcochipriota. Siempre en pareja. Nada más atravesar la Línea Verde se puede comprobar cómo quedan enfrentadas a las griegas y chipriotas que quedan al otro lado. En algunas partes, como el paso del Hotel Palace (un enorme hotel situado en la frontera reconvertido en cuartel general de los cascos azules) las banderas se desafían a apenas una decena de metros. Las banderas chipriota y griega contemplan al otro lado de la Línea Verde a la turca y a la turcochipriota.
Los elementos patrióticos en la República Turca del Norte de Chipre no terminan en las banderas. Por todas partes hay murales y dibujos recordando que aquello es una República soberana (aunque recordemos que no reconocida por ningún estado del mundo excepto por Turquía) y llamando al patriotismo. También hay decenas de estatuas de Atatürk, fundador y primer presidente de Turquía. Parada de autobús en Yenierenkoy, en la península de Karpas.
El contraste con el sur se descubre también por el resto de sentidos. Los olores ganan en intensidad y las especias orientales invaden el ambiente. Los coches tiene 15 años más y el tráfico es mucho más caótico y maleducado. La piel de la gente es más morena pero la sonrisa sigue presente en todos ellos. La musaka deja paso al kebab y las iglesias ortodoxas a las mezquitas. Todo está lleno de mezquitas ya que la absoluta mayoría de la población del norte chipriota, de origen turco, es musulmana. En seguida el oído se acostumbra a lo que es la banda sonora de la República Turca de Chipre: la llamada al rezo.
Grabación que realicé en Famagusta delante de la mezquita en plena llamada al rezo.
Las llamadas al rezo son constantes. Tienen lugar cada cuatro horas y la profunda voz que emana del minarete sobrecoge invadiendo el aire de inquietud. Es casi hipnótico, trascendente. Un canto místico que no deja de fascinar. Pocas cosas me resultan más relajantes que el pasear por las callejuelas vacías que rodean una mezquita y que la poderosa y misteriosa voz del rezo te sobrecoja y te paralice.
Lo que no ha cambiado del sur al norte es el carácter amable de la gente. Parece que eso es impronta chipriota, ni griega ni turca. La atención es constante y el esfuerzo de la gente por ayudar, encomiable. Además, los turcos también se manejan en inglés. Dos ejemplos de cómo la atención y el cuidado hacia el otro es impecable, los encontramos en Dipkarpaz y en Famagusta. El primero es el pueblo donde enseguida nos dirigiríamos desde Nicosia, donde acabamos de atravesar la Línea Verde. Allí, una noche en busca de un cajero automático, detuvimos el coche junto al único bar que parecía abierto. En sus mesas, ni una mujer. Sólo hombres de aspecto desconfiado jugando a las cartas, con caras de poco interés por los extranjeros. Nada más lejos. Al acercarme para preguntar si había un cajero, uno de ellos se desvivió en inglés por explicarme que no había ninguno, pero que su compañero tenía una oficina de cambio de dinero. Ya estaba cerrada, pero el propietario, con las cartas en la mano, resopló cansado y se ofreció a abrirme sólo para que yo cambiara. Le dije que no era necesario y entonces me explicaron dónde estaba el cajero en el siguiente pueblo. Y después se despidieron todos amablemente. Sin más. Ni trampa ni cartón. Pura amabilidad. En Famagusta el turno fue para un chico que regentaba una tienda de fotografía. Fui para vaciar mi tarjeta de la cámara y pasarla a un DVD y cuando terminó me dijo que no me lo iba a cobrar, que no era necesario. Y me regaló el DVD y su estuche. La servicialidad en Chipre, perdonad que insista, es constante. Tal vez es que por estos lares se nos está olvidando.
La cara B del norte la encontramos en el funcionamiento de las cosas. Hay dos principales problemas: las infraestructuras y la legislación. En cuanto a lo primero, la República Turca del Norte de Chipre es un país que depende única y exclusivamente de Turquía. Todo lo que importa o exporta, todo lo que entra o sale de este país es a través de Estambul. Esto es una limitación que si bien no hace al país pobre (al menos a simple vista) sí lo hace contrastar con la República de Chipre, adherida a la UE y mucho más desarrollada. Es por ello que las cosas no funcionan tan bien. Lo primero que buscamos al atravesar la frontera en Nicosia es un punto de información turística. Lo hay. De hecho está en el mismo puesto de control, pero no hay nadie cerca y la policía no tiene ni idea de dónde está el responsable ni cuándo volverá. Lo gracioso es que se ha ido a la parte grecochipriota, “a hacer unas compras”. En general, tanto grecochipriotas como turcochipriotas pueden pasar del norte al sur sin problemas, al menos en los dos pasos de Nicosia. Muchos turcochipriotas trabajan en la parte sur y muchos grecochipriotas van al norte a salir de fiesta, cenar o comprar. La circulación está muy normalizada. No así en los otros dos pasos que existen en el resto de la frontera en todo el país, donde la tensión es mayor. De hecho, fuera de Nicosia, son pocos los chipriotas que conocen la otra parte, la que no es la suya.
Decidimos acudir, tras media hora de espera, al otro punto de información turística que hay en la parte norte de Nicosia. El panorama es el opuesto. Está abierto y dentro, en apenas cinco metros cuadrados, unas seis mujeres de generoso aspecto charlan y hojean revistas. Todas me miran a la vez y yo no sé a quién preguntar. Lo hago al aire y entre todas me explican dónde alquilar un coche. Después voy a la oficina de alquiler y, como no, está cerrada. Por suerte hay un teléfono y tras un par de llamadas un sospechoso tipo trajeado nos alquila un coche por cuatro duros y sin fianza. Es el otro problema de esta parte. La República Turca del Norte de Chipre no está sometida al Derecho de la UE y por lo tanto, si tienes algún problema legal, te encuentras en un vacío, ya que es un país sin reconocer. Por ello conviene no infringir la ley ni pagar con tarjetas de crédito. Al fin y al cabo, no tendrías a quién reclamar.
Con el coche pagado en efectivo, dejamos Nicosia para dirigirnos a la península de Karpas, que forma como la cola de la isla, en el extremo noreste. Es la región menos desarrollada de todo el norte, un auténtico paraíso convertido en parque natural donde apenas hay edificaciones. De hecho, al extremo de la península, no llega la corriente eléctrica. Nuestro destino es Agios Afilon, una aldeita sobre la playa pegada a un pueblo llamado Dipkarpaz. En esta aldea se encuentra el Oasis At Afilon, un pequeño apartotel de seis apartamentos sobre una playa de agua cristalina. Por un precio más que moderado, los apartamentos se encuentran en mitad de la nada y pegados a playas difíciles de explicar por su hermosura y transparencia. El silencio es constante en toda la zona y la relajación invade cada metro de este paraíso desconocido y respetado.
Los seis apartamentos de Agios Afilon junto al restaurante. En plena península de Karpas. Después, nada.
El camino hasta Agios Afilon es sencillo, ya que es casi todo autopista. Lo complicado resulta adivinar que aquella carretera es la autopista. Una infinita recta de asfalto atraviesa el desierto. Las señales prohíben superar los 65 kilómetros por hora y las casas discurren por los arcenes. Carreteras secundarias desembocan en la principal de manera perpendicular, sin incorporaciones y hasta un señor mayor atraviesa a la carrera la vía, tras salir de su casa en el arcén. Pero sí, es la autopista.
Cuando dejas atrás la ‘autopista’ comienzas a descubrir Karpas. Estepas desérticas, ovejas refugiadas del sol bajo un árbol, playas de ensueño, costa infinita… Golden Beach, una de las playas de la península de Karpas.
Por fin llegamos a Dipkarpaz, antesala de nuestro apartotel. Dipkarpaz es el único pueblo del norte donde aún conviven turcos y griegos. De hecho, en el centro del pueblo se miran frente a frente una mezquita y una iglesia ortodoxa y resulta gracioso ver dos tiendas de alimentación, una llena de banderas griegas y otra llena de turcas, a apenas una decena de metros. La convivencia aquí ha sobrevivido. No se puede decir lo mismo del resto de lugares. Cuando en 1974 entró el ejército turco en el norte del país, miles de griegos huyeron. El caso más llamativo lo encontramos en Famagusta, la siguiente ciudad que visitaremos después de abandonar el paraíso de Karpas. En Famagusta (Gazimagusa en turco) existía un barrio llamado Maras donde habitaba la comunidad griega. Era una zona próspera y muy turística. Pero el día que el ejército turco entró en Chipre, los vecinos de Maras huyeron con, literalmente, lo puesto. Sin tiempo para nada, dejaron sus casas y sus vidas y se refugiaron en el sur. El barrio quedó tal cual, con las mesas de algunas casas puestas para comer, las cafeterías en funcionamiento, los concesionarios con los coches de 1974… y así, intacto, permanece el barrio hoy en día. El problema es que está prohibido acceder a él y una enorme y vigilada alambrada lo rodea. Sin embargo, y aun desde fuera, se pueden ver las casas con las ramas de los árboles que han crecido en su interior saliendo por las ventanas.
Barrio abandonado de Maras. En 1974 sus vecinos, griegos, huyeron de aquí tras la la entrada del ejército turco en el país. Sus casas permanecen hoy intactas sólo envejecidas por el tiempo y la vegetación que las invade.
Sobre aquel conflicto es difícil hablar. Masallah es el dueño del apartotel donde estamos. Es turco, llegó a Chipre con 16 años, después de la guerra, pero no suelta prenda al respecto. Prefiere desafiarme, cada noche, al backgammon, el juego que ocupa cada rincón de Chipre, o a las damas. Y vapulearme, claro. Sin duda, el recuerdo de jugar al backgammon envuelto en el silencio de la noche, con el leve sonido de las olas de fondo y la cálida brisa de la noche, es imborrable.
Masallah nos despide con un desayuno a base de hallumih, un delicioso queso chipriota, al horno y tomate. Una maravilla para reunir fuerzas de cara a la visita a Salamina. En esta histórica ciudad descubrí las ruinas romanas más impresionantes que haya visto y el calor más aplastante que haya sufrido. Teatro romano de Salamina.
La última parada es en Famagusta, donde además de una catedral gótica reconvertida en mezquita, descubro la tienda oficial del equipo turco del Galatasaray. Como el fútbol nunca deja de interesarme, descubro que la mayoría de turcochipriotas con seguidores del Galatasaray y del Fenerbache, y apenas los hay del Besitkas. Del mismo modo, los chipriotas del sur que simpatizan con el Apoel son seguidores del Panatinaikos griego y los aficionados del Omonia, el otro equipo de Nicosia, son hinchas del Olympyakos. Cosas del fútbol.
El regreso al sur para alcanzar el aeropuerto de Larnaka nos deja una despedida al más puro estilo chipriota: en Nicosia, me acerco a un señor de barba que está tirando la basura en un contenedor. Le pregunto dónde es la estación de autobuses (porque necesitamos ir al aeropuerto de Larnaka). Él me pregunta por qué la busco, le explico y me lleva a su ferretería. Allí me explica que existe un servicio llamado Travel Express que, con una furgoneta-taxi y por 18 euros, nos llevan donde queramos y cuando queramos. Él mismo llama y lo contrata. Nos soluciona todo el asunto. Sólo por preguntarle por la estación de autobús. Por cosas así, creo que nunca olvidaré Chipre.
lunes 7 de septiembre de 2009
De paseo por Chipre. Parte I
El paseo empieza en Larnaka, pero es necesario huir de ahí pronto, es la zona preferida de los ingleses y demás ‘guiris’, turistas mayoritarios en una isla, la de Chipre, donde los visitantes no son demasiados y están bien localizados.
Aún así, la fugaz visita a Larnaka me sirve para tomar un primer contacto con la isla. Me habían advertido ya de la cercanía y amabilidad de los chipriotas, pero no por ello me dejó de sorprender hasta qué punto se puede ser servicial. La llegada al Hostal Augusta fue pasadas las dos de la mañana. El taxista nos conduce a nuestro primer alojamiento charlando con nosotros en inglés. El inglés goza de rango semioficial en la República de Chipre y todas las señales, además de en griego, que es el idioma oficial, están en inglés, cosa que se agradece. Como la recepción del Augusta está ya cerrada, nos han dejado las llaves dentro de un sobre que pone ‘Spain’ entre las flores de una maceta. Del mismo modo, la empresa de alquiler de coches ya me había dicho que si llegábamos muy tarde, nos dejarían el coche abierto y con las llaves bajo la alfombrilla en cualquier parking público. Al principio sorprende, pero en seguida te acostumbras a ver coches con las ventanillas bajadas y las llaves puestas, casas abiertas y cercanía en cada sitio que pisas. Al segundo día me negué a cerrar con llave mi habitación. El ruido empeñado dándole vueltas a la cerradura de la habitación cuan turista desconfiado me resultaba casi estúpido en medio de aquel clima de buenas sensaciones; lejano del bullicio desconfiado del continente. La isla chipriota también aisló un carácter que sobrevive. Y que enamora.
Y eso que Chipre no lo pasó bien. Turcos y chipriotas conviven en ella desde tiempos inmemoriales. Como cada uno ya tiene la wikipedia a mano para repasar la historia de Chipre, el asunto se puede resumir de un modo hasta grosero por breve en el conflicto que estalla en 1974, entre las comunidades griega y turca. En 1959 Chipre se independiza después de varios años como protectorado británico. La independencia es más o menos pacífica (exceptuando las actuaciones del EOKA, paramilitares greco-chipriotas partidarios de la ‘enosis’, unión a Grecia). Sin embargo, ante la recién nacida República de Chipre se abre un problema de convivencia entre griegos (asentados en su mayoría en la parte sur de la isla) y turcos (instalados en la zona norte), que pasan a ser todos ellos chipriotas. Los de origen griego son amplia mayoría, casi un 80%, y los turcos apenas llegan al 18%. Para intentar equilibrar la convivencia (el partido de la comunidad turca no podría llegar al poder nunca) se da la vicepresidencia a los turcos con derecho a veto. El asunto se sostiene, y aunque surgen enfrentamientos aislados entre comunidades, la convivencia parece posible. El 'Monumento a la Libertad', erigido en Nicosia, la capital de Chipre, recuerda la independencia de Chipre del Reino Unido. Su construcción levantó la primera de las muchas ampollas entre las comunidades girega y turca, ya que entre las estatuas que componen la obra, ninguna representa a un estamento turco; todas son de civiles, religiosos o militares greco-chipriotas.
Sólo parece, porque la tensión va ‘in crescendo’ hasta que tras varios capítulos entre paramilitares griegos y turcos estalla el conflicto en 1974. Apenas dura tres semanas, pero se cobra la vida de cientos de griegos y turcos y desplaza a miles de personas de ambas comunidades: los griegos del norte huyen al sur y los turcos del sur, al norte. Grecia decide no intervenir en el conflicto pero Turquía sí lo hace. El ejército turco invade la parte norte de la isla y respalda al nuevo gobierno turco-chipriota, nombrado a sí mismo, y que proclama el nacimiento en la parte norte de la isla de la República Turca del Norte de Chipre. La ONU se ve obligada a intervenir. Se frena la guerra y un mando británico traza una frontera para dividir, de manera provisional, la isla en dos partes: la República de Chipre (con la comunidad griega) y la República Turca del Norte de Chipre, de comunidad turca y a día de hoy no reconocida por ningún estado del mundo excepto por Turquía .El coronel británico que traza la frontera lo hace con un rotulador verde sobre un mapa de Chipre. Hoy, esta frontera que había nacido como una solución temporal, sigue vigente y se conoce como la Línea Verde. La Línea Verde divide Chipre en dos partes. Esta línea atraviesa la capital, Nicosia, y a lo largo de ella, tanto en el lado griego como en el turco, se suceden los puestos de control y garitas militares, normalmente -como la de la imagen del lado greco-chipriota- decoradas con murales y pintadas.
Tras esta separación, la zona sur, es decir, la República de Chipre, se desarrolla con normalidad. Entra en la UE y desde el año pasado su moneda es el euro. Aunque de origen griego, todos los habitantes de esta República aseguran ser, antes que nada, chipriotas, y la absoluta mayoría son partidarios de la reunificación. De hecho, para ellos no existe la República Turca del Norte de Chipre, sino que, sencillamente, el ejército turco ha ocupado el norte de Chipre. Pegatina en la parte greco-chipriota contra la política turca.
En el norte no tienen las cosas tan claras y aunque nadie quiere hablar del tema, se recuerda en muchos sitios el trato recibido por la minoría turca de parte de los nacionalistas griegos y su estatus a veces marginal en el devenir de la república unificada. Por eso, nada más atravesar la Línea Verde por Nicosia, la capital, un enorme cartel da la bienvenida: ‘República Turca del Norte de Chipre FOREVER’.
La Línea Verde llegando al lado turco-chipriota con el cartel que recuerda que esto es la República Turca del Norte de Chipre, para siempre.
Toda esta república no reconocida se conecta al mundo a través de Turquía y su estatus suspendido (no tiene embajadas ni se somete al Derecho de la UE) hace que este rincón del mundo sea un paraíso por descubrir.
Huyendo de Larnaka, y continuando con el paseo, llegamos a la península de Akamas, un parque natural al suroeste de la isla donde llegar en coche es una odisea que merece la pena. En especial a la playa de Lara, playa donde cada año desovan miles de tortugas marinas.
No hace falta mencionar el trato recibido por parte de la dueña de nuestro nuevo hostal, en la localidad de Polis (vecina a Pafos, la tercera ciudad de Chipre y contenedora de Kafo-Pafos, una de las ruinas romanas más impresionantes que se puede echar uno a la cara). Sólo a mí se me ocurre una noche preguntarle dónde puedo comprar jamón a esa hora para hacerme un bocadillo. Tres minutos después tenía en mi mano un plato, no lleno de jamón chipriota (“mejor que los otros”, me decía. ¿Qué otros? ¿Todos los otros?, pensaba yo) sino lleno de jamón, queso, salami y chorizo chipriotas. ¿Cuánto es? “Por favor”, me respondió.
Tras varios días en la maravillosa Akamas toca poner rumbo a Nicosia, la capital (Lefcosia en griego y Lefcosa en turco). Confío en que camino del norte el calor aminore. No es que haga calor en esta isla, es que la sudada monumental fue mi estado natural en los días que allí estuve. Durante el día no se baja de los 35 grados, pero ese no es el problema, claro. Es la terrible, inhumana humedad que se respira y que dispara la sensación térmica hasta sabe dios dónde. La sensación de aplastamiento por calor es constante. Mi gozo en un pozo al pisar Nicosia: el calor es aún mayor y bajo ese solazo de mediodía toca devolver el coche alquilado, ya que con un automóvil greco-chipriota no se puede entrar en la parte norte de la isla, así como con uno del norte tampoco puedes pasar al sur. Los coches alquilados, por cierto, dan otra muestra del carácter afable hasta el límite de los chipriotas, ya que todos llevan matrícula roja, haciendo que se diferencien de los coches de allí. Esto provoca que nadie te pite, nadie te presione y nadie te incomode, ya que respetan mucho al conductor extranjero. En Chipre se conduce por la izquierda y son comprensivos con quien sabe que no está acostumbrado. Esperando un taxi a la sombra de un árbol en Nicosia, contemplé como a una chica en coche alquilado se le calaba hasta tres veces en la salida de un cruce. Su matrícula roja hizo que nadie en toda la cola que organizó se atreviera siquiera a rozar su claxon.
Lo primero que llama la atención de Nicosia es descubrir que se trata de la última capital del mundo dividida. La línea verde que divide en dos Chipre, atraviesa por la mitad la ciudad, cuan muro de Berlín. Un cartel en un puesto fronterizo de la parte sur recuerda que Nicosia es la última capital del mundo dividida.
En Nicosia se han instalado dos check-points a lo largo de la Línea Verde para pasar de norte a sur. Apenas hay otros dos pasos fuera de la capital, y son poco recomendables. Menos recomendable aún es intentar colarte por la frontera. Lo más probable es que acabes en la cárcel si nadie abre fuego antes. La estructura de los check-points para pasar a la República Turca del Norte de Chipre es sencilla: en el lado chipriota del sur está la policía chipriota bajo las banderas ondeantes de la República de Chipre y de la Unión Europea. En los muros y paredes cercanos aparecen las banderas griegas que recuerdan el origen de su población (las banderas griegas están por todas partes, hasta en edificios oficiales) y consignas antiturcas. El policía mira tu pasaporte, bromea al ver que eres español (“¡hasta luego amigo!”) y te deja pasar.
Las consignas progriegas y antiturcas son constantes en los puestos de control del sur. No es difícil imaginar que en el otro lado sucede lo contrario.
Comienza un pasillo neutral en el que no tienen jurisprudencia ni Chipre ni Turquía. Allí te encuentras a los Cascos Azules de la ONU con sus centros instalados en antiguos hoteles o edificios abandonados. Todos los edificios que han quedado en este corredor sin dueño están abandonados, semiderruídos y muchos de ellos aún minados, con lo que está terminantemente prohibido acercarse a ellos. Es el desolador panorama que te encuentras en pleno corazón de Nicosia, a apenas 50 metros de un McDonalds.
Cuando termina el corredor de la ONU llegas al check-point turco-chipriota. Allí te recibe la policía turco-chipriota y por encima de tu cabeza vigilan los soldados turcos (ya que el ejército turco sigue ahí desde el 74). Vuelves a mostrar el pasaporte, te sellan un visado en un papel aparte y ya estás en la República Turca del Norte de Chipre. Dos enormes banderas pintadas en la ladera de una montaña cercana a Nicosia dan la bienvenida a la República Turca del Norte de Chipre. Una es la de Turquía y la otra la de la República Turca de Chipre. Ambas son visibles desde kilómetros de distancia.
El visado te lo sellan en un papel aparte y no en el pasaporte porque sino, no podrías volver a entrar en la parte sur. Del mismo modo, si vuelas directamente a la República Turca de Chipre (a través de Estambul) no podrás acceder al sur.
Los márgenes de esta línea verde a ambos lados son bastante desoladores. Casi todos son negocios de carpintería. No vive nadie y las calles inmediatas están muy abandonadas. Avanzas entre carpinterías sucias y polvorientas y cada pocos metros encuentras alambradas y barriles a modo de frontera. Pintadas, pegatinas, murales… La línea verde es una línea vieja y venenosa que divide una ciudad y un país vital y encantador.

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